Sintetizadores, cassettes y trap: la fiebre retro que está conquistando las listas latinas en 2024
Photo: Jorge Royan, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons
Hay algo en esa línea de bajo analógica, en ese sintetizador que suena ligeramente desafinado, en esa reverb exagerada que te transporta directamente al salón de tu abuela en 1989. Y resulta que a los algoritmos de Spotify también les encanta. En 2024, la nostalgia no es solo un sentimiento: es una estrategia de negocio que los artistas latinos han convertido en oro puro.
La pregunta es sencilla pero la respuesta no tanto: ¿por qué canciones que suenan a otra época están arrasando entre oyentes de 18 a 30 años que ni siquiera vivieron los 80 o los 90?
El efecto «mamá tenía razón»
Los expertos en marketing musical llevan meses hablando de algo que llaman «nostalgia prestada». Es decir, la capacidad que tienen las generaciones más jóvenes de apropiarse emocionalmente de una época que no vivieron directamente, pero que conocen a través de series de Netflix, redes sociales y, sobre todo, de las listas de reproducción de sus padres que sonaban de fondo en el coche.
Esta conexión emocional indirecta es precisamente lo que están explotando productores como Tainy, quien lleva años incorporando texturas electrónicas con reminiscencias a la música pop latinoamericana de los noventa en sus producciones. No es casualidad que sus trabajos con artistas como Bad Bunny o Rosalía tengan esa capa de melancolía sonora que engancha desde los primeros segundos.
Pero Tainy no está solo en este movimiento. El productor colombiano Sky Rompiendo ha declarado en varias entrevistas que su proceso creativo parte casi siempre de discos de vinilo que encuentra en mercadillos de Bogotá. «El vinilo tiene imperfecciones que ningún plugin puede replicar al cien por cien», explicó recientemente. «Y esas imperfecciones son las que hacen que una canción se sienta humana».
Los artistas que están liderando la ola
Si hay un nombre que resume perfectamente esta tendencia en 2024 es el de Kali Uchis. Aunque nacida en Virginia de padres colombianos, su sonido bebe directamente de la balada romántica latinoamericana de los ochenta, del R&B más suave y de esa producción exuberante que caracterizó a artistas como Soda Stereo o Los Ángeles Negros. Su álbum Orquídeas es un manual de instrucciones sobre cómo mezclar lo vintage con lo contemporáneo sin que suene a disfraz.
En el terreno del urbano, la venezolana Mariah Angeliq ha apostado por incorporar bases que recuerdan a la salsa electrónica de los noventa, ese híbrido extraño que sonaba en las discotecas de Miami antes de que el reggaeton lo cambiara todo. El resultado es una propuesta fresca que, paradójicamente, suena a algo que ya conoces.
Y luego está el caso de C. Tangana, que aunque su base es española, ha influenciado enormemente a toda una generación de artistas latinoamericanos. Su proyecto El Madrileño demostró que era posible construir un álbum conceptual mezclando flamenco, bolero y producción urbana sin que el resultado sonara a pastiche. Desde entonces, muchos productores de Ciudad de México, Buenos Aires o Medellín han tomado nota.
¿Qué hace que estos sonidos funcionen en las playlists modernas?
Los datos de Spotify son reveladores. Las canciones que incorporan elementos sonoros de los ochenta y noventa tienden a tener tasas de retención más altas, es decir, los oyentes las escuchan más veces antes de saltarlas. Según análisis de la propia plataforma, esto se debe en parte a que estos sonidos generan una sensación de familiaridad instantánea que reduce la «fatiga de escucha».
Pero hay más. Los sintetizadores analógicos y las cajas de ritmos clásicas como la Roland TR-808 —que ya era un clásico en el hip hop y el reggaeton— tienen frecuencias que se comportan de manera diferente en los auriculares inalámbricos modernos. Suenan más «cálidos», menos agresivos. En un ecosistema donde el oyente promedio escucha música mientras trabaja, hace deporte o cocina, esa calidez marca una diferencia enorme.
El peligro del nostalgia-washing
Claro que no todo lo que brilla es oro retro. La tendencia también ha generado una oleada de productos que usan lo vintage como maquillaje sin ninguna profundidad real. Hay discos que meten un sintetizador ochentero en el puente y se venden como «exploración sonora» cuando en realidad es solo marketing.
Los oyentes más atentos ya están empezando a distinguir entre quienes realmente conocen y aman esa música y quienes simplemente están siguiendo una tendencia de TikTok. Porque sí, el retro también tiene su propio ciclo viral en TikTok, donde los sonidos con ese «feeling de cassette» funcionan especialmente bien para ciertos tipos de contenido.
Lo que viene: ¿el retro tiene fecha de caducidad?
La historia de la música pop nos enseña que las tendencias nostálgicas suelen durar entre tres y cinco años antes de que el péndulo vuelva a oscilar hacia algo completamente nuevo. Pero hay quienes creen que esta vez es diferente, que la fragmentación del consumo musical ha creado un ecosistema donde múltiples estéticas pueden coexistir indefinidamente.
Lo que parece claro es que los artistas latinos que mejor están navegando este momento son los que usan el pasado como punto de partida, no como destino final. La nostalgia funciona cuando es honesta, cuando hay una conexión emocional real entre el artista y esos sonidos que está recuperando.
Y mientras tanto, en algún estudio de grabación de Buenos Aires, Ciudad de México o Madrid, alguien está sacando un casete viejo, conectando un sintetizador analógico y preguntándose cómo hacer que suene completamente nuevo. Eso, en el fondo, es lo más pop que existe.